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El Mensajero
Nuestra Fe
El cisma protestante:
Historia de una división 1
puso al alcance del pueblo, por primera vez en la historia, la Biblia y los escritos de
la antigüedad.

Gran parte del clero, por muchas razones, entre ellas la falta de una adecuada
preparación, había caído en una exagerada corrupción de costumbres. Obviamente,
hacía falta algún tipo de reforma eclesiástica. Esta necesidad la sentían muchos,
desde los pobres y los campesinos hasta los representantes de la nobleza. Surgieron
entonces, a principios del siglo XVI, algunos hombres decididos a emprender una
reforma de la Iglesia. Desgraciadamente, como consecuencia de las incomprensiones
mutuas, de la situación política internacional y de las violencias recíprocas, esta
“Reforma” provocó la división de la Iglesia de occidente.

Aún cuando, al principio, la Reforma se centró en Alemania y en Suiza, tuvo un
considerable impacto en gran parte de la Europa occidental, provocando bien una
reacción positiva, al menos en parte, hacia el movimiento (como fue el caso en
Inglaterra, Holanda y Escandinavia), o bien una reacción en contra, con una
consolidación del catolicismo (como en España y Francia).

La Reforma fue, en verdad, compleja y heterogénea, e interesada no únicamente en
la doctrina de la Iglesia. Alcanzó también el ámbito social, así como la política y la
economía. El crecimiento del nacionalismo jugó un papel muy importante en algunas
regiones, como Inglaterra y Alemania. Los problemas teológicos tuvieron gran
importancia en algunos sitios (por ejemplo, Alemania), mientras que en otros jugaron
un papel muy poco importante, debiéndose la separación casi exclusivamente a
motivaciones políticas (como, por ejemplo, en Inglaterra).

En respuesta a la Reforma, la Iglesia Católica reaccionó poniendo en orden su casa.
Esto dio lugar a lo que se ha dado en llamar “Reforma Católica” o “Contrarreforma”.
Pese a que la situación europea no aconsejaba la convocatoria de un concilio, el
Papa consiguió, al fin, convocar el que llegó a ser el Concilio de Trento, que clarificó
y defendió la doctrina y la práctica católicas en oposición a las iglesias reformadas.

La Reforma nació de la piedad de finales de la edad media y de una búsqueda
apasionada de Cristo en el Evangelio. Durante mucho tiempo, fue difícil hablar con
serenidad de los reformadores, sobre todo de Lutero. A los ojos de los protestantes,
era un “rudo médico”, “el ángel suscitado por la providencia para derribar al anticristo
de Roma”. Para los católicos, no era más que un personaje grosero, bebedor,
mentiroso y sensual, que había dejado la Iglesia tan sólo para dar libre cauce a sus
instintos.

Desde hace años, se ha logrado una cierta convergencia. En general, se considera
hoy a Lutero como un hombre de fe, movido por una actitud verdaderamente
religiosa, si bien estaba equivocado en muchas de las cosas que dijo. Incluso en las
cosas en que estaba más o menos en lo cierto su actitud fue equivocada, a diferencia
de la de otros personajes de la historia, que también han denunciado fallas u errores,
no en la doctrina, pero sí en la práctica y en las costumbres de ciertos sectores de la
Iglesia, pero se han mantenido fieles a ella.

La diferencia entre estos personajes y Lutero es que ellos reconocían en la Iglesia la
institución fundada por Jesucristo, que tendría su asistencia para siempre, como Él
prometió, mientras que Lutero no. Hoy, Lutero es considerado por los católicos como
el creador de un cisma, mientras que los otros han pasado a la historia de la Iglesia
como santos reformadores (San Francisco de Asís, Santa Teresa de Avila, etc.).

Hubo algunos santos que incluso criticaron constructivamente al Papa (Santa Catalina
de Siena, por ejemplo, en cartas que escribía directamente al pontífice), pero nunca
le llamaron anticristo ni hablaron de rebelarse en su contra, sino que hablaban movidos
por su amor a la Iglesia y al mismo Papa, con la intención de lograr una conversión y
una revitalización de la misma Iglesia.

La diferencia entre estos santos y Lutero es, en el fondo, un problema de fe. Mientras
que Lutero sólo creía en la Biblia, estos santos proclamaban realmente “creo en la
Santa Iglesia Católica”.

¿Qué es, pues, el protestantismo? Es, básicamente, una rebelión contra la Iglesia de
Roma, basada en la Reforma, que se concreta en una diferente respuesta que dan sus
fundadores a cuatro preguntas fundamentales:

•  ¿Cómo se salva la persona?
•  ¿Quién tiene autoridad en materia religiosa?
•  ¿Qué es la Iglesia?
•  ¿Cómo debe ser la vida cristiana?

El entorno histórico y religioso

Los estados modernos

Varios países europeos comenzaron a transformarse en estados en el sentido moderno:
un soberano o rey, unas finanzas, unas leyes y unos tribunales nacionales, un ejército
profesional… Tras la guerra de los cien años, concluida en 1453, se delimitaron los
territorios de los reinos de Francia e Inglaterra.

En Francia, los reyes afianzaron su autoridad en todos los terrenos. Por el concordato
de Bolonia, en 1516, el rey de Francia, Francisco I, obtuvo del Papa León X la
autoridad para designar los obispos y abades de su reino. Esto le dio un poder
considerable sobre la Iglesia de Francia.

Inglaterra no era aún más que un pequeño reino, pero su rey, Enrique VIII, ocupó un
lugar de primer plano en la política europea de su época, aparte de en temas de
religión.

El matrimonio de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón selló la unidad española.
La toma de Granada consagró el fin de la Reconquista, con la recuperación de las
tierras tomadas tiempo atrás por los árabes. Los “reyes católicos” acogieron con
entusiasmo los intereses de la Iglesia, que asimilaron a los del estado.

Polonia, un gran reino con sus fronteras mal definidas, constituía la avanzadilla del
cristianismo latino frente al mundo cristiano ortodoxo. Los soberanos rusos de Moscú,
Iván III e Iván IV “el Terrible”, se consideraron a sí mismos como los herederos de
Constantinopla. No mantuvieron muchas relaciones con Europa occidental.

Los turcos, que tomaron Constantinopla en el año 1453, constituían una relativa
amenaza para el occidente cristiano, mientras que seguían adentrándose en la
Europa oriental en detrimento de los cristianos orientales. Bajo el régimen turco, la
iglesia griega tuvo que someterse a la autoridad del sultán, pero pudo conservar una
cierta independencia administrativa interna. Los cristianos pudieron seguir con su
culto, pero tenían prohibida la evangelización de los musulmanes. De hecho, los
cristianos vivían en un gheto.

Los sultanes nombraban y destituían a su gusto a los patriarcas de Constantinopla.
Finalmente, en 1589, el patriarca de Constantinopla reconoció la independencia de la
iglesia rusa y nombró a un patriarca de Moscú. No hizo lo mismo con el resto de las
iglesias otomanas (Serbia, Bulgaria, Rumanía, etc.), a las que trató de helenizar y
dominar lo más posible.

La situación del Sacro Imperio Romano Germánico había degenerado mucho. El
emperador era elegido por siete príncipes electores, pero no tenía mucha autoridad
sobre los principados de los mismos. En 1438 comenzó la dinastía de los Habsburgo,
originarios de Austria. Carlos V, que pertenecía a esa casa, heredó al mismo tiempo
los territorios de los Habsburgo, Borgoña y el reino de España. Si sumamos a estas
posesiones las colonias españolas en el Nuevo Mundo, se comprenden los sueños de
dominio universal de Carlos V. En estos sueños, no obstante, chocó con el rey de
Francia e incluso con el Papa.

El papado había perdido cierto prestigio en los últimos tiempos, debido en parte a que
los papas se habían dedicado más a gobernar sus posesiones en Italia que la Iglesia.
Los papas mediaban continuamente en política internacional, sobre todo entre Francia
y los Habsburgo, que pretendían repartirse Italia. La corrupción había llegado también
a Roma, y llegó a su culmen con el papa Alejandro VI Borgia. Su sucesor a partir de
1503, el papa Julio II, acudía al asalto de las ciudades enemigas conduciendo sus
tropas y armado de casco y de coraza.

Debido al mecenazgo que desarrollaron, especialmente a través de encargos
arquitectónicos y pictóricos a grandes artistas de la época, estos papas fueron
verdaderos artífices de la renovación artística del Renacimiento.
Por Fernando Fernández-Arellano
Los textos bíblicos están tomados de la Biblia de Jerusalén.
Introducción

A finales del siglo XV, con la
desaparición definitiva de los
macroimperios, comenzaron a
aparecer en Europa las naciones
modernas, que intentaron
independizarse de la gran potencia
del pasado: el Sacro Imperio Romano
Germánico, así como librarse de la
gran influencia del papado.
Otro factor constituyente de la época
fue el Renacimiento, auténtica
revolución cultural de la sociedad,
que puso fin a la edad media.
Además, la invención de la imprenta
(Continuará en la próxima edición)