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El Mensajero
Editorial
Fernando Fernández-Arellano
Cuerpos y almas
Vivimos en la época de los derechos. Para todo, en seguida, se invocan
derechos. A veces tan dispares como el derecho a la vida y el derecho al aborto,
es decir, a matar.

Detrás de todo esto, y de las locuras que vemos cada día en las noticias, está lo
de siempre: la búsqueda de la felicidad, a la que, según la constitución de los
Estados Unidos, todo ser humano tiene derecho.

Y eso está muy bien, pero ¿dónde está la felicidad? ¿Qué hay que hacer para ser
feliz? Y aquí ya hay recetas para todos los gustos. Para algunos, la felicidad
viene con la prosperidad económica. Para otros, tener una familia. Para otros,
poder disfrutar de los placeres que se encuentran en la vida, como la comida, el
sexo, etc.

El problema es que no parece que nada de esto proporcione la felicidad, no
realmente. Por eso hay gente con dinero, con una hermosa familia, con una vida
dedicada al placer de los sentidos… que no son felices.

Hay una fábula que cuenta que un hombre, que quería ser feliz, siguió las
instrucciones de alguien que le dijo que lo que tenía que hacer era ponerse la
camisa de un hombre feliz. Se dedicó entonces a buscar por el mundo entero, y
no lograba encontrar un hombre verdaderamente feliz. Al fin, un día, encontró un
hombre que parecía que era feliz, se le echó encima y empezó a quitarle la ropa…
y no llevaba camisa.

Fábulas aparte, lo que vemos hoy en nuestra sociedad es un intento, más o
menos afortunado, de hacer feliz a los seres humanos cubriendo todas sus
necesidades materiales. Esto, que está muy bien, no parece, no obstante, que
produzca una generación de gente feliz. ¿Por qué será?

El problema es que no somos meros cuerpos. Aunque a veces lo parezca, no
somos como los animales. Somos seres espirituales, y necesitamos algo que
alimente nuestro espíritu, más aún que nuestro cuerpo.

Existe en todos nosotros un anhelo de dar sentido a nuestra existencia, de dar
una respuesta a quiénes somos y por qué estamos aquí. Una respuesta que
implique que es por casualidad, es decir, que no hay un propósito transcendente
para nuestra vida, sólo deja todo sin contestar, y a menudo deja a la gente, sobre
todo a los jóvenes y a la gente en crisis, al borde del suicidio.

Las respuestas del mundo consisten en proveer de comida, vestido y vivienda.
Nada más, como si el ser humano fuera sólo un cuerpo. Para la sociedad
moderna, el alma no existe. De hecho, hay quien da más importancia a los
animales que al ser humano.

Si no existe realmente un Dios que me ama, que me ha creado por amor, y que
con su amor da sentido a mi existencia, en el fondo no soy nada, no importo.
Daría igual si no hubiera nacido.

La respuesta de la Iglesia a todo esto la encontramos en el Evangelio de San
Mateo:
“No anden preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a
beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan
los gentiles; pues ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo
eso. Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se
les darán por añadidura.”
(Mateo 6:31-33)