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El Mensajero
Editorial
Fernando Fernández-Arellano
¿Por qué ser cristiano?
Los tiempos que corren, con su relativismo y su “tolerancia”, no son muy propicios
para los creyentes, especialmente los cristianos. Da la impresión de que, para ser
moderno, hay que estar abierto a cualquier cosa que se ponga de moda, y no se
puede tener una mente rígida, pensando que se está en posesión de la verdad.

Hoy en día, todo el que pretenda estar en posesión de la verdad, o que su
religión o sistema de creencias contiene la verdad, es tachado de intolerante y
arcaico, porque no admite que los demás también puedan tener su “verdad”, que
puede ser distinta de la tuya.

Todo esto, para una mente lúcida, es una manera ingeniosa de desarmar al
adversario y de defender cualquier postura en la vida, por extraña o “mala” que
parezca. Si no hay verdad absoluta, nadie puede juzgar ni decirle a nadie que lo
que hace está mal.

Esto nos lleva por el camino del nihilismo, que es, al final, la liquidación de la
sociedad, tal y como la conocemos, porque si no se puede juzgar, ya nos hemos
cargado de un plumazo todas las leyes y el orden, quitándoles de entrada su
razón de ser.

Este nihilismo o progresismo o modernismo es imposible que sea vivido de una
manera consecuente. Nadie lo hace. No es posible vivir sin reglas, ni normas, ni
juicios de valor. Todos nosotros nos basamos en estas cosas todos los días.
Como decíamos antes, en el fondo no es más que un truco que han puesto en
marcha en la sociedad algunos “listos” con mucho dinero para poder empezar a
hacer cosas que atentan contra el sentido común sin que nadie se atreva a decir
nada.

El hombre “moderno”, en el fondo, tiene una vida vacía y sin sentido, porque la
“modernidad” consiste en vivir sin pensar. Hay que concentrarse en el placer (por
eso tanta insistencia en el sexo), en darse gusto en todo y, aunque esto no lo
dicen, hay que ser un buen consumidor.

El cristianismo viene precisamente en ayuda de la persona que no quiere ser un
eterno adolescente, el que no quiere vivir sin pensar, sino que se pregunta por sí
mismo, por el sentido de su vida, por su propósito y su fin.

Muchas religiones intentan responder a esto, pero dando muchas veces, bien
meras leyes para complacer a un dios en el fondo autoritario, bien dando unas
normas para intentar entrar en sintonía con nuestra vida, siempre evitando el
dolor.

El cristianismo, en cambio, toma al hombre como nuestra experiencia nos lo
muestra: Imperfecto, con tendencia al mal, con sufrimientos cada día, muchos de
los cuales no entiende. El cristianismo pone al ser humano en contacto con un
Dios que le conoce y que le ama. No es un Dios que te da una ley que tienes que
cumplir, y si no… Aunque desgraciadamente mucha gente, incluso cristianos,
creen que sí es así.

El cristianismo nos presenta a un Dios que, viendo nuestro sufrimiento, ha tomado
la iniciativa y nos ha enviado un salvador, que es Él mismo, hecho uno de
nosotros, para solidarizarse y no presentarse como algo a lo que temer, sino
como amigo, hermano, e incluso, si entendemos bien la mística cristiana, amante.

La “ley” cristiana no es algo externo que Dios nos impone con unas penas si se
infringe, sino un camino de vida. El cumplimiento de la ley no es condición para
recibir el amor y las bendiciones de Dios. Es más bien la consecuencia de
haberlos recibido.

Todos nosotros tenemos dentro un vacío, una carencia. Algo nos duele, aunque
no sabemos qué. En el fondo, es simplemente un ansia de amor, que es también
un ansia de saber que hay un propósito para nuestra existencia, que no puede
ser sencillamente hacer la voluntad de otro, aunque sea un ente benévolo.

El propósito, el sentido de nuestra vida es el amor mismo. Hemos sido creados
porque alguien nos ha amado, y el propósito y fin de nuestra vida es amar. Ésa
es, digan lo que digan los políticos o quien sea, la única respuesta satisfactoria
sobre nosotros mismos, la única que tiene el potencial para hacernos realmente
felices.

Y eso, y no otra cosa, es lo que nos trae el cristianismo.