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El Mensajero
Editorial
Fernando Fernández-Arellano
El propósito de la belleza
Todos pasamos momentos de crisis, momentos en que nuestra vida pierde su
sentido, en que nos deprimimos y anhelamos algo, que no sabemos qué es, que
nos saque de ese estado de angustia que amenaza con aplastarnos.

Practicamente todas las crisis serias son crisis afectivas. Un amor perdido; la
pérdida de un ser amado; una traición o un abandono. El amor es la piedra de
toque de nuestra vida. Sentirse amado es ser feliz. No sentirse amado es el
infierno. Por eso buscamos constantemente ser amados, y hasta vendemos, a
veces, nuestra alma al diablo, si es necesario, para conseguirlo.

Hace poco leí una historia sobre un dirigente comunista que en el lecho de
muerte se volvió a Dios. No es la única vez que he oído historias semejantes
sobre personajes que eran ateos declarados. Delante de la muerte ya no valen
engaños, y si nadie te ha querido, ni tú has querido a nadie, Dios aparece como
el último recurso. Querer vivir sin un amor en el que se apoye nuestra vida es
absurdo, y sólo funciona viviendo alienado, engañado, por una ideología, una
afición desmedida por algo, etc. Todo eso se desmorona cuando llega la muerte.

La Iglesia sabe muy bien que hemos sido creados por amor y para amar, y el que
no acepta esa verdad vive alienado o amargado. Es por eso que necesitamos de
Dios. Sólo creyendo en un Dios que nos ha creado por amor podemos conocer la
verdadera paz y vivir felices.

A lo largo de los siglos, folósofos y teólogos han dado una gran cantidad de
razones para creer en la existencia de Dios. De hecho, por mucho que digan los
que odian lo religioso, es más razonable creer en Dios que no creer. No creer te
lleva, si llegas hasta las últimas consecuencias, a un nihilismo donde todo es
casualidad, nada importa, y tu vida no tiene sentido.

No voy a dar aquí otra prueba de la existencia de Dios, pero sí voy a plantear
una pregunta que espero haga reflexionar a los lectores: ¿Cuál es el propósito
de la belleza?

Según nuestra razón, todo lo que es útil tiene un propósito. Lo que no lo tiene
se considera inútil y, por tanto, superfluo. Podríamos suprimirlo sin echarlo de
menos. ¿Es así la belleza? Y, si no, ¿para qué sirve?

La belleza en la mujer, por ejemplo, ¿qué propósito tiene? Desde un punto de
vista natural práctico, podríamos decir que su propósito es atraer a los ejemplares
del sexo opuesto, de modo que la procreación de produzca y la especie no se
extinga. Bien, ésta puede ser una razón. Pero, ¿y la belleza de una puesta de sol,
o de un paisaje, o de una pieza musical?

¿Cómo entendemos nosotros y usamos de la belleza en nuestra vida diaria?
Cuando embellecemos la mesa con flores o presentamos bien un plato de
comida, sobre todo si tenemos invitados; cuando nos vestimos bien para salir
con la novia, o para acudir a una invitación de quien sea. ¿Por qué lo hacemos?

En el fondo, para nosotros, esa belleza buscada es una expresión de respeto,
de afecto, en definitiva, de amor. Establecemos, inconscientemente, una relación
entre la belleza y el amor. La belleza es una expresión o manifestación de amor.
Bien, pero ¿quién nos ama en la puesta de sol, o en el paisaje extraordinario?
En todo lo creado, en el orden y harmonía de la naturaleza, incluso en el macro
o micro cosmos, vemos una belleza, a menudo sublime. ¿Por qué?

Una vez más, ¿es todo casualidad, azar? ¿Es, simplemente, inexplicable y no
tiene sentido? ¿O hay alguien detrás de todo eso, alguien que nos ama a todos
desde que el mundo es mundo, con un amor que ni alcanzamos a comprender?
Una ideología, una idea, nunca nos llenará como nos llena una persona, no
digamos Dios. ¿Por qué? La respuesta, curiosamente, la encontré en las palabras
de la protagonista al principio de una película bastante famosa, en inglés “V for
Vendetta”. Dice ella:

“… pero no puedes besar una idea, no puedes tocarla ni abrazarla. Las ideas no
sangran. No sienten dolor. No pueden amar.”

¿Qué te parece a ti?