Copyright © 2017 Archdiocese of Boston | All Rights Reserved
El Mensajero
Editorial
Fernando Fernández-Arellano
La sociedad sin hijos
Uno de los más grandes problemas de la sociedad occidental hoy es el
envejecimiento de la población. La pirámide poblacional, en la que los de más
abajo sostienen a los de más arriba, se está invirtiendo. En la parte de abajo está
la población joven, la que trabaja y produce. Arriba están los ancianos, que ya no
pueden trabajar ni producir.

En un curso normal de los acontecimientos, los ciudadanos en edad productiva
sobrepasan mucho en número a los ancianos, por lo que el sostenimiento de
estos últimos por la sociedad no es un gran problema, con un poco de previsión y
leyes justas.

Ahora mismo, no obstante, en la mayoría de los países occidentales, la población
activa decrece más y más, mientras que el número de jubilados o pensionistas
aumenta.

El motivo del aumento de los ancianos se debe a una mayor calidad de vida y a
unos mejores cuidados médicos. Ambas cosas han alargado la esperanza de vida
de los ciudadanos en gran manera.

Pero ¿por qué decrece el número de ciudadanos productivos? Por una sencilla
razón: La gente ya no tiene hijos en el número que los solía tener. Y ¿por qué es
esto así? Para ver las causas, tenemos que retroceder un poco en el tiempo.

Una de las causas más importantes de lo que está sucediendo hoy en día hay
que buscarla en la llamada “revolución sexual” de los años sesenta del siglo
pasado. Durente ese tiempo, por primera vez en la historia, debido a la aparición y
popularización de la píldora anticonceptiva, la sociedad empezó a separar el acto
sexual de la procreación.

El acto sexual empezó a considerarse como algo “recreativo”, como ir al cine o
tomar un helado. Por primera vez, se podía tener sexo sin consecuencias, al
menos teóricamente. Se empezó a entender “ser moderno” como usar del sexo
sin condicionamientos morales. Precisamente, como la Iglesia siempre se opuso a
esa trivialización del acto sexual, la progresía (los “modernos”) empezó a tildar
siempre a la Iglesia como opresora y arcaica, sin capacidad de adaptarse a los
tiempos o de entender las necesidades del hombre de hoy.

Otra causa para el menor número de hijos es la aparición de una ideólogía hostil
al matrimonio y a la familia. Esto se ha presentado de un modo sutil y encubierto,
bajo capa de luchar contra la discriminación contra la gente homosexual y otros
modelos de familia que se han ido presentando ante la sociedad. Al principio, eran
simplemente las familias monoparentales, es decir, donde falta uno de los padres
(normalmente el padre). Esto pasó de ser una anomalía a presentarse como
normal. En el fondo, es también una consecuencia de la píldora anticonceptiva,
que dio pie al varón para echar toda la responsabilidad del embarazo no deseado
sobre la mujer y, por tanto, rechazar cualquier responsabilidad.

Luego aparecieron las familias homosexuales, pretendiendo equipararse a las
tradicionales. Pretensión absurda, ya que la familia tradicional es un bien social,
al producir y formar nuevos miembros de la sociedad, cosa que las familias
homosexuales no pueden hacer, al menos sin entrar en otros problemas tanto
morales como de otro tipo.

El resultado de todo esto es que ya no hay niños, o no hay casi. El reemplazo
generacional es practicamente imposible en la mayoría de los países
occidentales.

Pero el problema principal es que “no hay problema”. ¿Cuántas veces ha visto
usted este tema en las discusiones de los políticos? ¿Cuántas veces ha visto
usted este problema en la primera página de los periódicos, o incluso en páginas
interiores? Y eso que es un problema tan importante que puede destruir por
completo nuestra sociedad en menos de un siglo. Comparado con éste, el cambio
climático es una tontería.

¿Por qué no se da importancia a este problema? Esto es signo de que algo anda
mal en nuestra sociedad, y de que los que rigen los destinos de los países tienen
una agenda en la que no importa que la sociedad tal cual es se destruya. Si no es
así, ¿por qué no se promociona la familia tradicional en vez de, como ocurre,
promocionarse la homosexual? ¿Por qué apenas hay ayudas serias a la
maternidad y, en cambio, se promueve el aborto como un avance social y como
un derecho de la mujer?

Se diría que estamos todos locos y caminamos sin reflexionar a un auténtico
suicidio social. La única que clama contra todo esto es la Iglesia. Y parece que
por eso es el enemigo para muchos.