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El Mensajero
Editorial
Fernando Fernández-Arellano
¿Controlamos a los políticos o ellos nos controlan?
El mundo sin Dios ha suscitado una sociedad y, por tanto, una clase política, sin
temor de Dios. Eso implica que todos van a su propio beneficio, pues no hay
nadie que sea garante de la moralidad. Ésta está sustentada en el vacío.

La democracia se supone que provee a los ciudadanos con una manera de
controlar a los gobiernos por el sencillo expediente de no votarles. Sin embargo,
los bipartidismos van contra ese tipo de control, ya que siempre son los mismos,
al final, los que están en las cámaras legislativas, al no haber, en teoría, otras
opciones.

La experiencia de muchos países demuestra que cuanto más tiempo están en el
poder los mismos dirigentes, más posibilidades hay para que se corrompan. Esto
no quiere decir necesariamente que roben, aunque a menudo eso ocurra, puede
ser simplemente que se enamoren del poder y quieran perpetuarse en él.
También puede ser que empiecen a querer acumular poder sobre los ciudadanos,
usurpando funciones de otros poderes, como el judicial.

Es por eso que la separación de los tres poderes, ejecutivo, legislativo y judicial
es importantísima. Demasiado a menudo, los partidos políticos quieren meter
mano en las designaciones de los jueces. Del mismo modo, hay jueces que
parecen más dispuestos a legislar que a juzgar según las leyes ya existentes.

Los ciudadanos, en lo único que pueden influir directamente con sus votos es en
la composición de las cámaras de representantes (congreso y senado). El
principal problema es que mucha gente se adhiere a un partido político como si
fuera un equipo deportivo. Ése es tu partido y lo apoyas pase lo que pase. Esto
es un gran error.

Los ciudadanos pueden tener su ideología política, y votar en consecuencia al
partido que consideren más afín. Sin embargo, el buen funcionamiento de la
democracia requiere que se pida cuentas seriamente a los que alcanzan el
gobierno, y no se pasen por alto sus errores, especialmente si son graves. De
otro modo, se les mandará el mensaje de que “todo vale”, con la consiguiente
puerta abierta a la corrupción de todo tipo, según lo que mencionamos más arriba.

Un partido que ha abusado de su poder en el gobierno, que ha robado, que se ha
corrompido en cualquiera de sus formas (siempre que la gravedad de lo sucedido
no sea menor), no debe ser votado de nuevo, al menos hasta que haya garantías
de su renovación. El problema con esto es que muchos parecen no ver otras
opciones. En algunos casos porque los partidos disponibles no le gustan. En
otros porque los otros partidos a los que podría votar son tan minoritarios que no
tienen posibilidades razonables de salir. Esto último es la teoría del llamado “voto
útil”, tan usada por algunos partidos para meter miedo a los votantes.

La realidad es que, si las causas que nos llevan a cambiar el voto son serias, no
hay que hacer caso a los agoreros. Hay que cambiar el voto y punto. Pensar de
otra forma es lo que lleva a la perpetuación de los mismos en el poder (no las
mismas personas, quizá, pero sí las mismas organizaciones políticas). Los
políticos tienen que saber que si lo hacen mal, eso tendrá consecuencias. No
dejar esto bien claro es lo peor que pueden hacer los ciudadanos.