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El Mensajero
Nos habla el Papa
El pasaje de la Carta de san Pablo a los Romanos que acabamos de escuchar nos
hace un gran regalo. De hecho, estamos acostumbrados a reconocer en Abraham
nuestro padre en la fe; hoy el apóstol nos hace comprender que Abraham es para
nosotros padre en la esperanza, no solo padre de la fe, sino padre en la
esperanza. Esto porque en su situación podemos ya acoger un anuncio de la
Resurrección, de la vida nueva que vence al mal y a la misma muerte.

En el texto se dice que Abraham creyó en el Dios que «
da vida a los muertos y
llama a las cosas que no son para que sean
» (Romanos 4, 17); y después se
precisa: «
No vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor y el seno de
Sara igualmente estéril
» (Romanos 4, 19). Esta es la experiencia que estamos
llamados a vivir también nosotros. El Dios que se revela a Abraham es el Dios que
salva, el Dios que hace salir de la desesperación y de la muerte, el Dios que llama
a la vida.

En la historia de Abraham todo se convierte en un himno al Dios que libera y
regenera, todo se convierte en profecía. Y se convierte por nosotros, para nosotros
que ahora reconocemos y celebramos el cumplimiento de todo esto en el misterio
de la Pascua. Dios de hecho «
resucitó de entre los muertos a Jesús» (Romanos
4, 24), para que también nosotros podamos pasar en Él de la muerte a la vida. Y
realmente entonces Abraham bien puede llamarse «padre de muchos pueblos»,
pues resplandece como anuncio de humanidad nueva —¡nosotros!—, rescatada
por Cristo del pecado y de la muerte e introducida una vez para siempre en el
abrazo del amor de Dios.

En este punto, Pablo nos ayuda a focalizar la estrecha unión entre la fe y la
esperanza. Él de hecho afirma que Abraham «
esperando contra toda esperanza,
creyó
» (Romanos 4, 18). Nuestra esperanza no se sostiene en razonamientos,
previsiones y garantías humanas; y se manifiesta allí donde no hay más
esperanza, donde no hay nada más en lo que esperar, precisamente como sucede
para Abraham, frente a su muerte inminente y a la esterilidad de su mujer Sara. Se
acerca el final para ellos, no podía tener hijos, y en esa situación, Abraham creyó y
tuvo esperanza contra toda esperanza. ¡Y esto es grande! La gran esperanza está
enraizada en la fe, y precisamente por esto es capaz de ir más allá de toda
esperanza. Sí, porque no se funda en nuestra palabra, sino sobre la Palabra de
Dios.

También en este sentido, entonces, estamos llamados a seguir el ejemplo de
Abraham, el cual, aun frente a la evidencia de una realidad que parece destinada a
la muerte, se fía de Dios, «
con pleno convencimiento de que poderoso es Dios
para cumplir lo prometido
» (Romanos 4, 21). Me gustaría haceros una pregunta:
¿nosotros, todos nosotros, estamos convencidos de esto? ¿Estamos convencidos
de que Dios nos quiere y que todo eso que nos ha prometido está dispuesto a
cumplirlo? Pero padre, ¿cuánto debemos pagar por esto? Solo hay un precio:
“abrir el corazón”. Abrid vuestros corazones y esta fuerza de Dios os llevará
adelante, hará cosas milagrosas y os enseñará qué es la esperanza. Este es el
único precio: abrir el corazón a la fe y Él hará el resto.

Esta es la paradoja y al mismo tiempo ¡el elemento más fuerte, más alto de nuestra
esperanza! Una esperanza fundada en la promesa que desde el punto de vista
humano parece incierta e imprevisible, pero que no desaparece ni siquiera ante la
muerte, cuando quien promete es el Dios de la Resurrección y de la vida. ¡Esto no
lo promete uno cualquiera! Quien promete es el Dios de la Resurrección y de la
vida.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos hoy al Señor la gracia de permanecer
firmes no tanto en nuestras seguridades, nuestras capacidades, sino en la
esperanza que brota de la promesa de Dios, como verdaderos hijos de Abraham.
Cuando Dios promete, cumple lo que promete. Nunca falta a su palabra. Y
entonces nuestra vida asumirá una luz nueva, en la conciencia de que Aquel que
ha resucitado a su Hijo nos resucitará también a nosotros y nos hará realmente
una sola cosa con Él, junto a todos nuestros hermanos en la fe. Todos nosotros
creemos. Hoy estamos todos en la plaza, alabamos al Señor, cantaremos el
Padrenuestro, después recibiremos la bendición... Pero esto pasa. Pero esta es
también una promesa de esperanza. Si nosotros hoy tenemos el corazón abierto,
os aseguro que todos nosotros nos encontraremos en la plaza del Cielo que no
pasa nunca, para siempre. Esta es la promesa de Dios y esta es nuestra
esperanza, si nosotros abrimos nuestros corazones.
Nos habla el Papa
By George Martell/The Pilot Media Group
De la Audiencia General del Miércoles 29 de Marzo de 2017