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El Mensajero
Nos habla el Papa
En el Evangelio de hoy Jesús dice: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y
sobrecargados, y yo os daré descanso» (Mateo 11, 28). El Señor no reserva esta
frase para alguien, sino que la dirige a “todos” los que están cansados y oprimidos
por la vida. ¿Y quién puede sentirse excluido en esta invitación? Jesús sabe
cuánto puede pesar la vida. Sabe que muchas cosas cansan al corazón:
desilusiones y heridas del pasado, pesos que hay que cargar e injusticias que hay
que soportar en el presente, incertidumbres y preocupaciones por el futuro.

Ante todo esto, la primera palabra de Jesús es una invitación a moverse y
reaccionar: “venid”. El error, cuando las cosas van mal, es permanecer donde se
está, tumbado ahí. Parece evidente, pero ¡qué difícil es reaccionar y abrirse! No es
fácil. En los momentos oscuros surge de manera natural estar con uno mismo,
pensar en cuánto sea injusta la vida, en cuánto son ingratos los demás y qué malo
es el mundo y demás. Algunas veces hemos padecido esta fea experiencia. Pero
así, cerrados dentro de nosotros, vemos todo negro. Entonces incluso llega a
familiarizarse con la tristeza, que se hace de casa: esa tristeza que nos postra, es
una cosa fea esta tristeza. Jesús en cambio quiere sacarnos fuera de estas
“arenas movedizas” y por eso dice a cada uno: “¡ven!” —“¿Quién?”— “tú, tú, tú...”.
La vía de salida está en la relación, en tender la mano y en levantar la mirada
hacia quien nos ama de verdad.

Efectivamente salir solo no basta, es necesario saber dónde ir. Porque muchas
metas son ilusorias: prometen descanso y distraen solo un poco, aseguran paz y
dan diversión, dejando luego en la soledad de antes, son “fuegos artificiales”. Por
eso Jesús indica dónde ir: “venid a mí”. Muchas veces, ante un peso de la vida o
una situación que nos duele, intentamos hablar con alguien que nos escuche, con
un amigo, con un experto... Es un gran bien hacer esto, ¡pero no olvidemos a
Jesús! No nos olvidemos de abrirnos a Él y contarle la vida, encomendarle
personas y situaciones. Quizás hay “zonas” de nuestra vida que nunca le hemos
abierto a Él y que han permanecido oscuras, porque no han visto nunca la luz del
Señor. Cada uno de nosotros tiene la propia historia. Y si alguien tiene esta zona
oscura, buscad a Jesús, id a un misionero de la misericordia, id a un sacerdote,
id... Pero id a Jesús, y contadle esto a Jesús. Hoy Él dice a cada uno: “¡Ánimo, no
te rindas ante los pesos de la vida, no te cierres ante los miedos y los pecados,
sino ven a mí!”. Él nos espera, nos espera siempre, no para resolvernos
mágicamente los problemas, sino para hacernos fuertes en nuestros problemas.

Jesús no nos quita los pesos de la vida, sino la angustia del corazón; no nos quita
la cruz, sino que la lleva con nosotros. Y con Él cada peso se hace ligero (cf. v. 30)
porque Él es el descanso que buscamos. Cuando en la vida entra Jesús, llega la
paz, la que permanece en las pruebas, en los sufrimientos. Vayamos a Jesús,
démosle nuestro tiempo, encontrémosle cada día en la oración, en un diálogo
confiado y personal; familiaricemos con su Palabra, redescubramos sin miedo su
perdón, saciémonos con su Pan de vida: nos sentiremos amados y consolados por
Él. Es Él mismo quien lo pide, casi insistiendo. Lo repite una vez más al final del
Evangelio de hoy: «Aprended de mí [...] y hallaréis descanso para vuestras almas»
(v. 29). Aprendamos a ir hacia Jesús y, mientras que en los meses estivales
buscamos un poco de descanso de lo que cansa al cuerpo, no olvidemos encontrar
el verdadero descanso en el Señor. Nos ayude en esto la Virgen María nuestra
Madre, que siempre cuida de nosotros cuando estamos cansados y oprimidos y
nos acompaña a Jesús.
Nos habla el Papa
By George Martell/The Pilot Media Group
Del Ángelus en la Plaza de San Pedro el Domingo 9 de Julio de 2017