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El Mensajero
Nos habla el Papa
En este domingo, la liturgia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor. La
página evangélica de hoy cuenta que los apóstoles Pedro, Santiago y Juan fueron
testigos de este suceso extraordinario. Jesús les tomó consigo «y los lleva aparte,
a un monte alto» (Mateo 17, 1) y, mientras rezaba, su rostro cambió de aspecto,
brillando como el sol, y sus ropas se convirtieron en cándidas como la luz.

Aparecieron entonces Moisés y Elías, y empezaron a hablar con Él. En ese
momento, Pedro dijo a Jesús: «Señor, bueno es que estemos aquí. Si quieres,
haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías» (v. 4).
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió.

El evento de la Transfiguración del Señor nos ofrece un mensaje de esperanza —
así seremos nosotros, con Él—: nos invita a encontrar a Jesús, para estar al
servicio de los hermanos.

La ascensión de los discípulos al monte Tabor nos induce a reflexionar sobre la
importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo
alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del
Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la
acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios.

En esta ascensión espiritual, en esta separación de las cosas mundanas, estamos
llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del
Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza,
de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la
mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que
genera la Palabra de Dios en nosotros. En esta perspectiva, el tiempo estivo es
momento providencial para acrecentar nuestro esfuerzo de búsqueda y de
encuentro con el Señor. En este periodo, los estudiantes están libres de
compromisos escolares y muchas familias se van de vacaciones; es importante
que, en el periodo de descanso y desconexión de las ocupaciones cotidianas, se
puedan restaurar las fuerzas del cuerpo y del espíritu, profundizando el camino
espiritual.

Al finalizar la experiencia maravillosa de la Transfiguración, los discípulos bajaron
del monte (cf v. 9) con ojos y corazón transfigurados por el encuentro con el Señor.
Es el recorrido que podemos hacer también nosotros. El redescubrimiento cada vez
más vivo de Jesús no es fin en sí mismo, pero nos lleva a «bajar del monte»,
cargados con la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de
conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida
cotidiana.

Transformados por la presencia de Cristo y del ardor de su palabra, seremos signo
concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestros hermanos,
especialmente para quien sufre, para los que se encuentran en soledad y
abandono, para los enfermos y para la multitud de hombres y de mujeres que, en
distintas partes del mundo, son humillados por la injusticia, la prepotencia y la
violencia. En la Transfiguración se oye la voz del Padre celeste que dice: «Este es
mi hijo amado, ¡escuchadle!» (v. 5).

Miremos a María, la Virgen de la escucha, siempre preparada a acoger y custodiar
en el corazón cada palabra del Hijo divino (cf. Lucas 1, 51). Quiera nuestra Madre
y Madre de Dios ayudarnos a entrar en sintonía con la Palabra de Dios, para que
Cristo se convierta en luz y guía de toda nuestra vida. A Ella encomendamos las
vacaciones de todos, para que sean serenas y provechosas, pero sobre todo el
verano de los que no pueden tener vacaciones porque se lo impide la edad, por
motivos de salud o de trabajo, las limitaciones económicas u otros problemas, para
que aun así sea un tiempo de distensión, animado por las amistades y momentos
felices.
Nos habla el Papa
By George Martell/The Pilot Media Group
Del Ángelus en la Plaza de San Pedro el Domingo 6 de Agosto de 2017